domingo, agosto 09, 2009

Hoy tenía un rato libre...

Primero de todo, debo disculparme con quien haya mirado de vez en cuando el blog y haya visto que durante casi un año no ha habido novedades. He estado un tanto ocupado, y como lo de los blogs era la menor de mis aficiones no he tenido ganas de continuar escribiendo. Además, como a los que me leéis ya os veo de vez en cuando, la pregunta no era sólo si tenía ganas si no por qué escribir en el blog.

Han pasado muchas cosas desde el último post. Para comenzar, los de International Editors me dijeron finalmente que no, después de mucho retocar la novela, tanto que se volvió casi irreconocible. Para retocarla me puse en contacto con un Coach, y tras pagar de mi bolsillo unas cuantas sesiones de "mentorazgo" literario, acabé por presentar una tercera novela mejorada pero no lo suficiente. La cuarta, la del hombre de los dos penes de la cual os debo de haber hablado alguna vez, le ha gustado mucho a este mentor -prefiero esta palabra y no el anglicismo de más arriba- y cuando llegue septiembre firmaremos un contrato para que me haga de agente durante seis meses. Ahora mismo estoy con una quinta novela, de la que ya llevo cuarenta y ocho páginas, en catalán, sobre un adolescente con capacidades paranormales captado por el servicio secreto. En fin, no me haré ilusiones pero espero que dentro de unos cuantos meses pueda dar la noticia de que me publican.

En cuanto al tema profesional, hace unos meses, en marzo, me llamaron para una sustitución en FP, en una escuela de jardinería del ayuntamiento. Fue una maravilla, y a pesar de que aún no sé si en septiembre tendré trabajo o tendré que esperar unos meses, la verdad es que dar clases en FP a gente mayor de 16 años y que saben a lo que van es una auténtica maravilla. Un verdadero privilegio que me hace sentir muy feliz en mi trabajo.

Y ahora viene lo mejor de todo: vuelvo a tener pareja. Se llama Sandra, tiene cuatro años más que yo y es profesora de música en Terrassa. Creo que nunca he querido tanto a nadie como a ella. Llevamos nueve meses, comenzamos a salir un 31 de Octubre después de varias charlas por internet y un par de quedadas anteriores. Es tan alta como yo, tiene los ojos castaños oscuros y el pelo teñido de un ligero color cobrizo. Es fuerte, no sólo físicamente, sino sobretodo anímicamente. Es inteligente y muy divertida, aunque a veces está seria o se muestra un tanto irónica. Sé que tiene sus defectos, como cualquier otra persona, pero lo importante es que me veo capaz de amarla durante mucho, mucho tiempo, todo el que me queda por delante. Nunca antes he estado tan enamorado de alguien, y esta vez me corresponden, o sea que, por si no lo tuviérais bien claro por lo leído hasta ahora, soy el hombre más afortunado del mundo.

Un saludo y prometo escribir más a menudo.

viernes, noviembre 21, 2008

Y así ha sido

Tengo a bien anunciaros a todos los asiduos lectores de mi blog - pocos pero muy fieles - que este martes que viene firmaré un contrato de representación con la agencia literaria International Editors. Eso quiere decir que lo más probable es que de aquí a unos meses, puede que un año, mi tercera novela "UCI" estará en las librerías de toda España, publicada por alguna editorial.

Gracias a todos los que me habéis apoyado y habéis leído este blog. Os agradezco que me hayáis dado ánimos y puedo decir sin temor a equivocarme que no habría continuado escribiendo de no ser por el aliento de Sandra, Marta y Sergio, Pili, Gonza, Albert, Migo, Manolo, David y Susana, Dani, Isma, Pamela y alguno más que, aunque no nombre, seguro que está leyendo este humilde blog. Os debo una cena, que tendrá lugar cuando firme el contrato de edición. Palabra.

domingo, julio 06, 2008

A la tercera debería ir la vencida

Hace un par de días que he terminado mi tercera novela. Es decir, hace un par de días que he acabado de redactar la que será la causa de la siguiente frustración literaria.

A pesar de que el tema de esta nueva narración es más comercial que las anteriores, ya que hay intriga y asesinatos, estoy convencido de que tampoco esta vez me publicarán. Cuento con algún que otro contacto, es verdad, gracias a Pili y a un amigo suyo que trabaja en una editorial, y tengo también más experiencia en estas lides. La narración está mejor estructurada y mejor escrita, está en tercera persona y ello me ha dado una libertad enorme para escribirla, pero eso no es suficiente. No se trata de la calidad literaria de un texto - algo que creo que mi tercera novela, aunque sea en pequeñas dosis, tiene -, sino que la novela debe ser vendible. ¿Lo es? Quizá sí, hay un poco de misterio, intriga y asesinatos, pero, ¿quién compra los libros de un administrativo ex-profesor?

A partir de septiembre, cuando ya la tenga registrada y retocada, la enviaré a los agentes que acepten manuscritos y se la daré al amigo de Pili. Después me pasaré varias semanas, o meses, mirando el correo con ansiedad en el trabajo, esperando recibir la respuesta que tanto ansío. Pero no llegará, creedme. Hace ya meses que he decidido que escribo porque me apetece y me divierte, no porque vaya a obtener ningún beneficio económico de ello.

Y esa actitud es la más sana y más honesta que un aficionado a la escritura puede tener.

domingo, mayo 11, 2008

www.lectoressinceros.com

Al fin lo hemos hecho. Queda mucho por retocar, pero tenemos un pequeño negociete en marcha: www.lectoressinceros.com

Ahora mismo la web es muy cutre, y es posible que aún no la podáis visualizar, así que esperad un poco y entrad en ella.

Un saludo

sábado, mayo 10, 2008

Rothfilia

Durante estas últimas semanas he recibido contestación de tres agencias más, por lo que ya son seis las que me han respondido. Esto ya parece un partido de tenis en el que me han ganado un set en blanco: ninguna de las seis desea asumir la representación de mi manuscrito. De todas maneras, no es algo que me duela especialmente. Ahora mismo estoy escribiendo una tercera novela que creo que es bastante más publicable que las dos anteriores. Está basada en una noticia que me llegó por e-mail sobre un hospital sudafricano en el que cada semana moría un paciente en una de las habitaciones de la UCI. La historia tiene tela, especialmente el final, que no puedo desvelar puesto que es lo mejor de la historia, aparte de que no tendría ningún sentido leerse un libro de misterio si ya sabes quién es el asesino. Aunque yo no calificaría de libro de misterio esta nueva novela, puesto que, sin quererlo, siempre me acaba saliendo uno de aquellos libros repletos de descripciones abundantes, frases largas, retórica, reflexiones, detalles y diálogos más o menos inteligentes – o eso creo –. Es decir, todo lo contrario de lo que las editoriales quieren vender y los lectores quieren leer.

Hace unos meses, en Navidad, mi hermano le regaló a mi padre un best-seller llamado “La sangre de los inocentes”, de una periodista llamada Julia Navarro, cuyos anteriores libros habían sido grandes éxitos de ventas. Lo abrí con la intención de leérmelo, y me bastó leer un par de párrafos para advertir que la calidad del texto era pésima. Los adjetivos brillaban por su ausencia, los personajes se describían con dos frases, y no había ni una sola frase trabajada, de ésas que tienen varias comas, o guiones, o puntos y coma, y que hablan a la vez del personaje, su carácter y su pasado con la suficiente gracia, elegancia y ritmo como para que el discurso fluya y los párrafos formen un todo compacto y sin fisuras. Desde que volví a coger con fuerza el hábito lector, hace cosa de tres años, al acabar la carrera, he leído un par de best-sellers que literariamente eran bastante flojos, y cuya único interés era el puro entretenimiento. Me refiero al omnipresente código Da Vinci, y a otro por el estilo llamado “El enigma Vivaldi”. Creo que hoy en día no sería capaz de leerlos, quizá porque hace tiempo que he enfermado de rothfilia. Tranquilos, no es ninguna enfermedad de transmisión sexual, sino un neologismo de cuño propio que sirve para designar la manía que tengo de leer las obras de un escritor como la copa de un pino, un literato americano que descubrí gracias a una adaptación cinematográfica de una de sus novelas: Philip Roth.

No voy a hablar de su vida, ni a dar un montón de datos sobre sus obras o sus personajes, puesto que para eso ya están las decenas de páginas que hay en internet sobre el tipo en cuestión – algunas de ellas muy interesantes, por cierto –. Lo único que quiero manifestar es que este tío sí que sabe lo que es escribir, y el muy cabrón lo demuestra en cada párrafo. Sus libros suelen tener una carga erótica nada despreciable. De hecho, uno de ellos – “El profesor del deseo” – consiste básicamente en explicar al lector cómo y con quién ha follado durante años un profesor de universidad americano – que si suecas, tríos, putas, etc… –. Alguien opinará que es un tanto machista, que si está un poco obsesionado con el sexo, que si escribe con la polla en vez de con el cerebro, que si no es políticamente correcto, y otras cosas por el estilo. Pues sí, es cierto: el tío es un salido. Tiene setenta y cinco años y estoy seguro que, al igual que su personaje más emblemático, Coleman Silk, el protagonista de “La mancha humana”, debe de tomar Viagra para poder enrollarse con mujeres a las que dobla la edad. Habrá quién no le lea precisamente por eso, pero quien diga que es un mal escritor no tiene ni puñetera idea de literatura.

Así que os daré un consejo: si alguien quiere leer un poco de literatura de primera, de esa que te muestra toda la grandeza y la bajeza de la condición humana, y muestra sin tapujos que el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, que se lea “La mancha humana”.

Y fliparéis, os lo aseguro.

sábado, abril 26, 2008

Unitono y otras hierbas

Primero de todo debo disculparme por no haber sido fiel a mi promesa. No he escrito durante más de un mes debido a que me quedé sin internet. Terra, la compañía en la que tenía contratado el servicio ADSL, me dio de baja porque ha dejado de existir como compañía independiente, ya que fue absorbida en su día por Telefónica. Yo hay cosas que no entiendo: cuando Terra comenzó a funcionar, era una empresa de Telefónica, al igual que Movistar. Al cabo de unos años, se separaron y Terra era una empresa diferente. Ahora han vuelto a unirse y Terra ha ido dando de baja a sus clientes durante estos últimos meses. El día en que me dejaron sin servicio me dijeron que me habían enviado una carta, que me habían llamado para ofrecerme el cambio a Telefónica, pero en ningún sitio me dijeron que o me pasaba a los del monopolio o me dejaban sin línea. Ya sabéis como son estas cosas: llamas a un montón de teleoperadores, ninguno te atiende con la suficiente eficacia, unos te pasan a otros, pides hablar con un superior y te cuelgan, intentas que alguien te explique algo o te diga como está tu envío y te dicen que no hay nada en su base de datos y que debes hacer el pedido de nuevo…

No es nada nuevo para mí, aunque yo suelo tomármelo con mucha calma, puesto que también lo he vivido desde el lado opuesto. Trabajé durante tres meses en el servicio de atención al cliente de Movistar, en una empresa subcontratada de una subcontrata de una empresa que bla, bla, bla… La cuestión es que trabajaba para Movistar sin ser trabajador de Movistar, que informaba sobre sus productos, tarifas, promociones y móviles sin haber hecho más que una formación de poco más de diez días que me pagaron después de dos meses de trabajar allí, lo cual no está mal, visto lo visto en otros sitios. Cuando un cliente me preguntaba algo que ya me sabía de memoria no tenía ningún problema en decirle todo lo que sabía y podía ver en mi ordenador. Debía seguir unos diagramas muy pero que muy bonitos en los que estaba perfectamente especificada la ruta a seguir para informar al cliente o ejecutar la gestión que me pidiera. Los diagramas – grafos, en el argot del gremio – eran sagrados, tenías que seguirlos a rajatabla, así como las diferentes fórmulas de saludo y de interpelación al cliente, y te jugabas dinero si no los seguías y te pillaban. Porque eso era lo peor: de tanto en tanto te grababan para ver qué tal lo hacías y calificar tu trabajo, de tal modo que si te saltabas algún paso para ir más rápido en la gestión, si no le ofrecías alguna otra promoción o servicio que tocara publicitar, si no decías exactamente lo que ellos querían que dijeras con todos sus puntos y comas, te evaluaban de manera negativa y dejabas de cobrar la prima por calidad, que podía llegar a ser de más de cien euros al mes. En principio, no tengo nada que objetar a calificar el trabajo de los empleados, pero algunas de las cosas que teníamos que hacer eran absurdas, y otras cambiaban cada semana, con lo cual no podía uno asumirlas ni aprenderlas para que no se le olvidaran. Siempre me quedará grabado en la memoria lo que una de las formadoras nos dijo cuando hablábamos de los datos que debíamos exigir a los clientes antes de realizar las gestiones oportunas. Uno de nosotros le preguntó qué debíamos de hacer en el caso de que un niño llamara y nos diera los datos de sus padres para contratar servicios que el padre no contrataría, como logos, música, descargas o juegos en el móvil. La formadora dijo que, si nos daba los datos correctos, debíamos hacer lo que nos dijera. Sin comentarios.

Otra cosa muy graciosa era el mensaje que debíamos dar a los clientes cuando los ordenadores o el programa de gestión no funcionaban correctamente – algo que, por otra parte, era muy habitual. Oficialmente, en tales momentos estábamos realizando trabajos de mejora y les emplazábamos a volver a llamar al cabo de unos minutos. Cuando uno de los clientes nos preguntaba cuanto tardarían en “mejorar” el sistema, no podíamos ni debíamos darles un plazo de tiempo. A nadie se le ocurrió pensar en la conveniencia de hablar de trabajos de mejora, pues, como me dijo una vez un cliente, “qué clase de técnicos tienen ustedes que se ponen a revisar el sistema y no les dicen para cuanto rato tienen”. En una ocasión estuvimos toda una semana sin poder utilizar el Atos – el programa de gestión y base de datos – porque los técnicos estaban probando la nueva versión del programa y preferían que el servicio se deteriorase a hacer las pruebas durante la noche, cuando el flujo de llamadas es mucho menor.

Uno de los aspectos más reglamentados en Unitono, que así se llamaba la empresa en la que trabajé, era el de los descansos. Cada vez que nos ausentábamos del puesto de trabajo para ir al lavado debíamos introducir un número en la centralita, y debíamos pedir permiso a nuestro coordinador para levantarnos de la mesa e ir al box donde podíamos charlar con nuestros compañeros o comer alguna de las pastas que vendían en las máquinas de la sala. Disponíamos por ley de cinco minutos cada hora de “pausa visual”, lo cual quería decir que debíamos estarnos sin mirar la pantalla durante ese breve lapso de tiempo, más diez minutos para almorzar. Dado que yo trabajaba de 9:30 a 15, disponía de treinta y cinco minutos que podía distribuir como quisiera, pidiendo permiso anteriormente a mi coordinador. Por cuestiones que ahora no vienen al caso – y que serán objeto de otros posts – me vi obligado a reincorporarme a esta empresa un mes después de dejarla, debiendo trabajar en horario de tarde. Debido al escaso número de teleoperadores en el turno de tarde, un día me tuvieron cuatro horas sin dejar que me levantara del asiento. Es decir, cuatro horas escuchando y aguantando a los clientes, hablando sin parar, leyendo las mismas parrafadas que debía repetir cada día, y teniendo que aguantarme las ganas que tenía de decirle a mi jefe que era un cabrón por prohibirnos los descansos.

He aquí otras anécdotas: al cabo de una semana desde mi primer día de trabajo, la libreta en la que tenía apuntado todo lo que me habían explicado durante la formación desapareció. La dejé un día en mi puesto de trabajo y a la mañana siguiente ya no estaba. Pero lo mismo le sucedía a todo el mundo con las almohadillas de los auriculares. Todo el mundo se la llevaba a casa porque si la dejaban en el auricular desaparecía. Un día nos fueron llamando uno por uno para “proponernos” una ampliación horaria, debiendo trabajar también algún domingo – los sábados ya los trabajaba alternativamente – y tuve que aceptar ya que, al tener un contrato temporal y estar a punto de expirar el mes de prueba, lo más probable era que me despidieran si no aceptaba.

Pero la palma de todas las incoherencias se las llevaba lo que llamábamos “llamadas de prueba”. Puesto que Unitono era – y me imagino que sigue siendo – una subcontrata de una subcontrata, Movistar quería asegurarse la calidad del servicio y de tanto en tanto unas empleadas de la compañía nos llamaban haciéndose pasar por clientas y nos preguntaban sobre alguna cuestión que fuera complicada o de especial interés para la compañía. Los jefes de Unitono sabían que estas llamadas aparecían en la pantalla de la centralita con una numeración diferente de la del resto de llamadas, así que, cuando detectaban que había habido una llamada de prueba, nos avisaban a todos escribiéndonos el tema de la llamada en la pizarra donde se solían escribir las incidencias.

Más fuerte todavía fue cuando volví a trabajar con ellos y lo dejé al cabo de quince días. Me tuvieron trabajando durante dos semanas sin contrato, y cuando les dije que me iba, de un día para otro y sin darles los quince días de aviso, me dijeron que, como el período trabajado no llegaba a los quince días laborables, debían descontármelos del sueldo que debería percibir y, por lo tanto, debía pagarles setenta euros. En fin, ahora me río, pero entonces me sentó fatal. Hablé con la chica del sindicato y acabaron pagándome lo que me debían.

A pesar de todo ello, he de reconocer que era un trabajo entretenido, aunque casi nadie aguantaba más de seis o siete meses, puesto que era el típico trabajo-puente entre los estudios y el primer empleo relacionado con algo de lo que uno ha estudiado. También ese fue mi caso, puesto que unas semanas antes de finalizar el mes de Junio recibí una llamada de un colegio privado al cual había enviado un currículum, interesados en contratarme. Aquel septiembre comencé mi andadura como profesor en la Santa Clara International School. Pero ese es tema para otro post.

sábado, marzo 22, 2008

Si la decepción llama a tu puerta.

Ante todo, quisiera decir que me he propuesto firmemente escribir a partir de hoy una entrada a la semana en este blog que tengo tan abandonado. No es una tarea excesivamente difícil, si bien, dado que sólo escribo cuando realmente tengo algo que comunicar, es posible que mi monótona vida no dé suficiente de sí para escribir con tal frecuencia. Así que quizá deba hacer como tantos otros bloggers que llenan sus entradas con comentarios sobre el último libro que han leído, el último concierto al que han ido, o cosas por el estilo. Lo que está claro es que no hablaré de mis amoríos, más que nada porque no hay posibilidades de tener pareja a corto plazo.

Como podéis imaginar por lo que leísteis en el último post, acabé la segunda novela hace ya casi dos meses, la llevé al registro de la propiedad intelectual en la calle Muntaner y la envié a unas cuantas agencias literarias y editoriales. He aquí una lista detallada: ACER literaria, Sandra Bruna, Ute Körner, Bookbank, Carmen Balcells, Pontas, MB agencia literaria, Silvia Bastos y las editoriales Lengua de Trapo, Acteón y Ronsel. Tres agentes ya me han respondido, después de leer el primer capítulo o los dos primeros. Los tres han rechazado asumir su representación. Una me dijo que se alejaba mucho de lo que estaban buscando, otra no me dio ninguna razón, y la otra me explicó que “la industria editorial está en un receso muy importante que hace que agentes y editoriales deban seleccionar muy adecuadamente sus títulos, ello a veces en detrimento de obras de calidad literaria”. No hace falta decir cómo me sentí al oír eso, pero como uno ya está acostumbrado a las decepciones no me di por vencido. Hace unos días envié la novela al premio “Lengua de Trapo” y al “Café Gijón de Novela”. Por supuesto, dudo que gane alguno de los dos, pero si no pruebo seguro que no gano.
Hace casi un mes comencé a escribir una tercera novela, de la cual ya llevo catorce páginas, inspirada en una noticia aparecida en un periódico francés que, por pura casualidad, llegó a mis manos en forma de powerpoint. Espero poder escribir una buena novela corta, de unas ciento treinta o ciento cuarenta páginas a espacio y medio, y después volveré a probar suerte. Tengo también previsto escribir una cuarta novela para la que ya tengo el argumento bastante claro, y es más que probable que, antes de acabar la tercera novela, comience a prepararme para un libro de entrevistas a músicos de jazz catalanes que creo que podría ser más publicable que los anteriores.

Respecto a mi vida laboral, estoy tranquilo y más o menos contento. Hago un horario más que bueno, el ambiente es magnífico y el trabajo más o menos me gusta, aunque, al no tener nada que ver con lo que he estudiado, a veces tengo la impresión de estar desaprovechado. Si a eso le añadimos el bajo sueldo y lo rutinario que puede llegar a ser, más de una vez me siento frustrado, pero creo que en cualquier otro sitio sería igual o peor, ya que no disfrutaría de alguna de las ventajas que actualmente poseo. Lo que sí que debo resaltar es que trabajar en transporte internacional, en un campo en que no hay espacio para las inquietudes o la cultura, está propiciando en mí una suerte de despertar a la realidad adulta y de desengaño de la gran mayoría de mis ideales. A veces pienso que todo lo que me han inculcado desde pequeño es un gran engaño, que los estudios sólo sirven para pasar unos años sin responsabilidades, y que en este mundo no hay espacio para las mentes sensibles. Sólo cuando llego a casa, después de trabajar y de haber ido al gimnasio, y me siento a leer un rato, a estudiar canto o a escribir un par de páginas de mi nueva novela, me siento reconciliado momentáneamente con el mundo, aunque sólo sea por unos pocos minutos al día. Sin embargo, cuando veo que nada de ello me ha de llevar a variar mi estado actual, a mejorar en mi posición frente al mundo, a proporcionarme más que una leve sonrisa de satisfacción antes de irme a dormir, a veces deseo ser tan insensible y simple como la suela de un zapato. Pero no soy el único que se siente así, de hecho ése es el sentimiento mayoritario: la vida de uno empieza cuando sale del trabajo. Además, la única alternativa que tengo es dar clases en secundaria, y antes me corto las venas.

Hala, hasta la semana que viene…Y escribid comentarios, que sino no me entran ganas de postear.