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Adiós a Pili

El jueves pasado Pili y yo lo dejamos definitivamente. No fue un “hasta nunca” cargado de ira o de resentimiento del uno contra el otro. No fue tampoco un adiós definitivo ni una invitación definitiva a dejarnos de ver para siempre. No. Simplemente ella fue muy sincera conmigo y me dijo que no se veía con fuerzas para pasar el resto de su vida conmigo. Me dijo algo que a veces yo también había pensado, algo a lo que yo también le había dado vueltas y que muchas veces me había resistido a decirle claramente o a pensarlo en esos mismos términos. Somos muy buenos amigos y lo seguiremos siendo en el futuro, no hubo ni una sola palabra llena de resentimiento en nuestra despedida. Simplemente vimos que nos convenía más ser amigos que pareja formal. Quién sabe si algún día volveremos a ser novios, si nos arrepentiremos de habernos dicho adiós y querremos volver a estar juntos en un futuro. Lo que está claro es que somos buenos amigos, pero quizá no era lo más conveniente que siguiéramos junto...

Casi de vacaciones

Lo mejor de la profesión de maestro es, sin lugar a dudas, las vacaciones. Disponer de casi tres meses de vacaciones retribuidas al año puede parecer un privilegio, pero es una auténtica necesidad que el duro trabajo acaba imponiendo. Después de nueve meses aguantando las tonterías, estupideces, insubordinaciones y faltas de respeto de los alumnos, lo mínimo que necesita un profesor es un buen período de tiempo de calma y tranquilidad antes de volver a enfrentarse a los treinta energúmenos de cada clase. Es el factor que más tuve en cuenta a la hora de elegir profesión, junto al sueldo y a la cantidad de ofertas de trabajo que hay de profesor. Poco a poco me voy acostumbrando a las cosas buenas y malas de la profesión, y depende del día le hago más caso a unas que a otras. Pasado mañana comienzo las vacaciones de Semana Santa, me voy con Pili a Munich y antes pasaré cinco días durmiendo hasta las tantas y disfrutando de mi tiempo libre. Después de las vacaciones vendrán dos meses más d...

Réquiem por el mundo ideal

Una de las cosas que vengo trabajando desde hace tiempo con mi psicólogo es mi tendencia a refugiarme en el ideal y a no querer asumir la vida como es. Por una parte hemos visto como eso me lleva directamente a la enfermedad, y, por otro, también hemos visto que soy tan extremadamente perfeccionista que me cuesta mucho aceptar que las cosas no son como yo querría que fuesen. Pues bien, algo tiene que cambiar dentro de mí porque, de lo contrario, no seré capaz de estar satisfecho con mi vida y de ver ese reverso agradable que comentaba el otro día. No sé donde está la razón de tanta insatisfacción, supongo que tiene que ver el hecho de haber pasado tanto tiempo disfrutando de un montón de horas de tiempo libre que han provocado una tendencia enfermiza a querer refugiarme en esas actividades que hacía en mis horas muertas cada vez que la realidad no me gusta. Hace unos años era sobretodo la guitarra, quería aprender a tocar muy bien, quería incluso ganarme la vida con ello, y pensaba que...

Sonrisas de la vida

Desde hace poco la vida me vuelve a sonreír. He encontrado trabajo de profesor, cómo no, pero llevo mejor esta sustitución que la primera que hice. Supongo que debe ser la experiencia, que hace que no me desespere tanto, ni pierda la paciencia con la facilidad con que lo hacía antes, o quizá es debido a que, al dar casi todas las clases durante las primeras horas de la mañana, los niños están más calmados. Sea como sea, estoy contento porque me estoy demostrando que puedo volver a hacer de profesor, la profesión que, aunque llena de desilusiones y desengaños, es la que he escogido. Es cierto que también tiene sus cosas buenas, entre ellas el tiempo libre y el sueldo. De aquí a tres semanas tendré vacaciones de semana santa y podré mirarlo todo con más calma, me iré con Pili a Munich y desconectaré de todo durante unos días que me irán la mar de bien para afrontar el duro final de curso con más fuerzas. Como todo profesor, a veces me enfado mucho, grito más de lo necesario, me desespero...

Por qué escribir

A veces me pregunto por qué escribo. No le encuentro una justificación lógica, pues la verdad es que hay muy poca gente que me lee, y el gran proyecto del año pasado, la novela de la cual escribí cien páginas en Julio, está embarrancada y en punto muerto, por falta de inspiración y de tiempo. Muchos escritores han afirmado que ellos escribían por necesidad, y supongo que algo de eso debe de haber. En mi caso, quizá es la necesidad de sentir que no pierdo todo mi tiempo libre estirado en la cama mirando las musarañas que cuelgan del techo. Si hubiera escrito este post hace unos meses, antes de enfermar, habría dicho algo sobre la eternidad, sobre la permanencia después de la muerte, sobre la inmortalidad de la palabra y la necesidad del ser humano de sentir que sobrevive a su muerte física en forma de caracteres impresos. Pero seamos realistas: eso sólo lo consiguen unos pocos elegidos que se pueden dedicar a escribir y que publican y venden lo que publican. No es mi caso, así que sólo ...

La eterna desilusión vital

He llegado a la conclusión de que la universidad no te prepara en absoluto para la vida real. Durante unos cuantos años de tu vida estudias con ilusión, te emocionas ante la belleza de lo que te enseñan, te admiras de los descubrimientos que otros han realizado y piensas que, con un poco de suerte, quizá tu nombre salga en los libros de texto. Desde todos lados intentan convencerte de que el conocimiento es algo útil y hermoso, que el ser humano se vuelve más humano y menos animal cuando se culturiza y se dedica a cultivar su intelecto y su inteligencia de las formas más refinadas. Y toda esta visión se viene abajo cuando uno tiene que enfrentarse con la realidad cotidiana del trabajo. Debe ser que aún tengo una vena filosófica profunda y me resisto a que quede definitivamente muerta ante la muchas veces decepcionante realidad. Digo todo esto porque ayer me inscribí a una oferta de trabajo y hoy he leído en internet las opiniones de gente que había trabajado con ellos. Horarios ...

El ordenador ahorcado

Hoy se nos ha colgado el ordenador en la oficina. Ha cundido el pánico, el caos ha sido insoportable, las oficinistas ya pensaban en el suicidio colectivo y hasta mi padre – el jefe siempre sereno de la empresa – ha suspirado con un gesto intranquilo. Y es que no hay nada peor que se te estropee todo el sistema informático de la empresa y nadie pueda trabajar durante las horas estipuladas en el contrato por un problema ajeno a su voluntad. Vivimos en un mundo empresarial preso de la informática, todo lo que antes llevaba horas realizar con una calidad mediana ahora puede hacerse en cuestión de segundos gracias a un simple clic. Pero también en la informática existe el lado oscuro de la fuerza: ¿a quién no se le ha colgado nunca el ordenador, teniendo que dejar un trabajo a medias, o no pudiendo utilizar internet durante los días que más lo necesitas? Gracias a Bill Gates los ordenadores del 99 % de oficinas del mundo llevan un sistema operativo lleno de errores que se bloquea cada tres...

Se acabó

Hoy he cogido el alta, lo cual quiere decir, poco más o menos, que la enfermedad ya ha pasado y que debo volver a trabajar de profesor. La he cogido porque el viernes tengo una entrevista para un colegio, y lo más probable es que me cojan para hacer de profesor en horario de mañanas durante unas tres semanas. No me daré cuenta y ya se me habrá acabado el contrato, y yo habré ganado, a cambio, una renovada fuerza y confianza en mí mismo si todo va bien. Si todo va mal, y las clases se me ponen cuesta arriba, me consuela el hecho de pensar que sólo serán entre tres y cuatro semanas de clase. Tengo ganas de comenzar de nuevo y de demostrarme que el paréntesis obligado de la enfermedad sólo ha sido un accidente. El médico insiste siempre en que puedo hacer de profesor, no me lo prohíbe, y yo le creo y confío en volver a ser el que siempre he sido. Como me dijo ayer, a pesar de que esta vez la crisis ha sido mucho más fuerte que otras veces, la recuperación ha ido mucho mejor. Supongo que t...

Otro año más

Salir en fin de año es como gritarle al árbitro en un partido de fútbol: como todo el mundo lo hace, no pasa nada por ser un tanto maleducado. Que conste que me gusta la fiesta, y pasarlo bien con mis amigos, pero no entiendo porque hay ciertas noches al año - la otra es la de San Juan - en la que parece que haya que rellenar la casilla de juerguista en tu declaración de la renta. Supongamos que eres una persona más bien tranquilita, que no bebes, que no te gusta demasiado la fiesta y que no soportas que todo el mundo vaya desfasado a tu alrededor. Una persona así lo tiene crudo en días como este, porque de lo que se trata en fin de año es de celebrar que el tiempo corre y que hemos de comprar un nuevo calendario para sustituir al viejo. Hay gente que se compra ropa interior roja, nos comemos una uvas tan rápido que no da tiempo a que se pelen o se les quite las pepitas, nos emborrachamos, hacemos propósitos de año nuevo que dejaremos a las dos semanas y nos ilusionamos con el futuro...

De nuevo Pili

Este pasado fin de semana me fui con mi chica a Calella, a presentarle a mis abuelos y, de paso, darnos un chapuzoncito en la playa a media tarde. No pude quitar de los ojos de mi niñita durante las tres horas que estuvimos estirados sobre la toalla, tomando el sol y charlando. Pili es pequeñita y delgada, con la carita de niña más bonita que una mujer de veintisiete años puede tener. Su barbilla es redondita, dulce, parece una bola de helado puesta del revés, y cuando sonríe sus mejillas se curvan transmitiendo una ternura que desarma el corazón más frío. Sus ojitos marrones brillan con esa luz que sólo las almas hermosas emiten, destellos de un mundo maravilloso en el que los seres humanos desearíamos perdernos de vez en cuando y al cual ella me transporta cada vez que asienta su cabecita en mis muslos y me cuenta como le ha ido el día, cómo se han portado sus alumnos o los trucos que debe hacer para llegar a fin de mes. Pili tiene dos manos pequeñas de dedos finos y cortos que, a pe...

Errores y aciertos imperfectos

Todos nos equivocamos. Es propio de nuestra condición humana, y nada podemos hacer para evitar que nos equivoquemos de vez en cuando. Algunos de estos errores nos harán madurar como persona, otros no, pero todos nos dejan una cierta mancha de inseguridad y puede que hasta de dolor. Un día descubres que quizá te equivocaste de carrera, o bien que te has portado mal con un amigo, o que no debiste tratar así a tu madre, o que no debiste suspender a aquel chico que te traía los deberes hechos cada día. Uno tras otro, los errores que hemos cometido nos han hecho ser quienes somos, de un modo u otro han dado forma a nuestra manera de pensar y de sentir, configurando nuestras emociones y maneras de actuar como si las equivocaciones fueran los diversos programas que hacen funcionar nuestro PC cerebral. Estoy a punto de acabar mi primer curso como profesor, aunque debería decir mis primeros cuatro meses. Sigo dudando en mi interior, debatiéndome entre elegir esta profesión o bien buscarme...

Sólo ante el teclado

Sólo me dejo ir ante al teclado, ante la pantalla siempre viva y luminosa en la cual aparecen mis ideas reflejadas con un mínimo movimiento de mis dedos sobre las teclas. Es la magia que tiene poder utilizar mis manos para expresarme, sin necesidad de utilizar nada más que el ápice de los dedos. Mi cabeza, mi voz interior piensa lo que quiero decir, y yo la oigo, y mis dedos son mi lengua y mi boca, dejando ir mis palabras una tras otra, tal y como salen de mi lengua cerebral. Por eso no necesito más que dejarme ir, improvisar, como cuando me pasaba horas y horas de esas tardes infinitas de la adolescencia tocando con mi mejor amigo las canciones que sacábamos de la radio, sobre las cuales creábamos solos que no tenían nada que envidiar a los de muchos artistas de mentirijillas que salen hoy por la tele. David, que así se llama mi mejor amigo, siempre quería que fuéramos a su casa, para empezar porque era y sigue siendo bastante comodón, y también porque su habitación tenía una amplia ...

Del futbol y otras drogas (legales)

Esta semana pasada el Barça ganó la copa de Europa, confirmando así que es el mejor equipo del continente europeo – y, dicho sea de paso, del mundo – . Primero de todo debo decir que me gusta el fútbol. No es la mayor de mis aficiones, como rezaba aquella canción que ilustraba un famoso anuncio de Canal +, pero sí que me apetece, de tanto en tanto, alcachofarme en el sillón del comedor y ver un buen partido de balompié por la tele. Lo segundo que debo decir es que, además, soy del Barça. O sea, que debería sentirme muy contento con lo que mi equipo ha conseguido en sólo dos semanas: una liga española y una Champions son motivos más que suficientes para la mayoría de seguidores culés para sentirse felices y contentos durante todo lo que queda de mes. Cuando hace dos semanas el Barça se proclamó campeón de liga había quedado con Pili por el centro y pude ver el aspecto que presentaba Canaletas a las diez y media de la noche. Y no pude más que sentirme inquieto por lo que vi ese día y lo ...

La jardinería cotidiana

Es curioso el efecto que el tiempo libre puede tener sobre la mente de los hombres. Nuestra frágil y mudable condición humana nos hace desear siempre aquello que no tenemos, de tal manera que siempre desearíamos tener lo que no poseemos. Nuestros afectos y pasiones son como el culo de una señora demasiado gorda que siempre está buscando una silla en la que sentarse a la mesa común: en unas, por ser demasiado estrechas, no caben sus posaderas, y en las otras, por ser demasiado grande, no deja espacio a los otros comensales para que disfruten del banquete con ella. Nuestras ilusiones y deseos son un vestido que acostumbra a ser excesivamente ceñido o excesivamente holgado, de tal modo que nunca nos sentimos a gusto entre las telas que nos han de vestir. Es por ello que no es más feliz quién más sueños realiza, sino quién menos ilusiones necesita realizar. La meditación, esa divina llave que cierra la puerta del desasosiego a cada vuelta de candado, me está enseñando que es necesario renu...

De Quijotes y molinos

El jueves pasado empecé mis vacaciones de semana santa, sabiendo que cuatro días de esta semana serían ocupados en preparar clases y en corregir exámenes, con la cabeza llena de recuerdos desagradables referentes a la última clase que tuve en el colegio, sintiéndome medio incapaz de dominar a los niños y pensando que poco a poco me estaba convirtiendo en una especie de torpe mental, sin la agilidad que mi mente tenía en otros momentos de mi vida y con la mayoría de mis músculos tensamente agarrotados. Comencé las vacaciones sintiéndome aliviado por dejar atrás la animosidad e incoherencia que llenaba las gargantas de los niños que, durante la última semana antes de las vacaciones, estaban realmente insoportables. Pues bien, durante estas pequeñas vacaciones he visto que parte del problema al cual me enfrento durante estas semanas, es decir, parte de la culpa de tener estos sentimientos míos tan llenos de tristeza y de aceptada resignación es mía. Durante todo el tiempo que he estado tr...

La letra es la puerta del alma

Hace unas semanas se recogieron los trabajos de los alumnos que participarían en los Jocs Florals de este año. Como la tradición manda, cada vez que se avecina Sant Jordi se intenta motivar a los alumnos para que escriban un texto en prosa o un poema que tenga un mínimo de calidad literaria, premiando ese esfuerzo con un trofeo o un lote de libros que anime al ganador a continuar por la senda de la creatividad recién descubierta. Ya que últimamente ha renacido mi vena literaria me ofrecí como voluntario para ser jurado y otorgar el premio a quien reflejara en su escrito un atisbo de expresividad o de belleza que pudiera emocionarme. Como ya vendría siendo costumbre en mí desde que trabajo de profesor, ahora debería quejarme del bajo nivel de los escritos, del enorme número de faltas ortográficas que cometen los alumnos, de la poca coherencia de ciertos textos y de la falta de ideas con sustancia y de vocabularios más amplios. Pero no son estos “defectos de forma” lo que más me ha ...

De la renuncia y otros males

Desde hace años he intentado ocupar mis horas de la manera más fructífera posible. Es decir, actividades como ver la tele, mirar fijamente el techo mientras la mente se queda tan en blanco como la pintura de las paredes o hacer el vago un domingo levantándome a eso de las 12 eran actividades que sólo podía hacer con un regusto amargo y quedándome en el cuerpo una desagradable sensación de haber perdido mi precioso tiempo, teniendo que sentirme culpable por ello. Durante años, como digo, he pensado que mi padre desaprovechaba su escaso tiempo libre plantándose delante de la televisión al llegar a casa después de 12 horas de duro trabajo, o pasándose toda la mañana del sábado y del domingo – así como varias horas de las tardes de esos dos días – durmiendo. Y yo, consciente y seguro de que el ser humano tenía que cultivar todas aquellas parcelas del arte y de la cultura que su larga – o a veces corta – vida le permitiese, pensaba que el peor ocio era el ocio en que no había ni un ápice de...

Que el amar no sea delito

“Ámame cuando menos lo merezca porque es cuando más lo necesito” Es un aforismo chino que he leído hoy, por casualidad, mientras visitaba el blog de un amigo mío que tiene mucho más éxito con sus publicaciones virtuales que yo con las mías. La cita aparecía como comentario de una entrada en la que el autor, antiguo profesor mío, explicaba que siempre había sentido más atracción por los alumnos conflictivos que por los buenos alumnos. De hecho, todos nos acordamos del gamberro de clase antes que del empollón, de aquél que rompió una puerta en el gimnasio intentando entrar en el vestuario de las niñas antes que del gafitas callado y estudioso que se sabía los capítulos del libro de sociales de memoria. Es la virtud y el defecto de nuestra memoria: recordamos gracias a las emociones, y siempre tenemos más presente la única bofetada que nos arreó nuestro padre que todos los sacrificios que ha hecho por nosotros. Cuando leí esta frase, a eso de las dos y media de la tarde, me hice...

Desilusión y sublimación

Mi generación fue la de un puñado de chicos y chicas que creció con la televisión y sus series de dibujos japoneses, con nuestras abuelas que guardaban caramelos de miel y limón en un tarro de cristal ligeramente abombado escondido en el cajón inferior de la mesita de noche, con nuestras madres comenzando a emanciparse económicamente de sus maridos – o sea, nuestros padres – y con un millón de cachivaches inútiles que nos regalaban cada Navidad en pleno delirio consumista. Algunos – yo diría que muchos – estudiamos una carrera universitaria, logro que a ojos de nuestros padres parecía el súmmum de lo que un hombre respetable podía conseguir en esta vida. Algunos – otra vez diría que muchos – desarrollamos un cierto sentido de que la cultura y el conocimiento eran algo hermoso, necesario y hasta divertido, y que nos convenía como sociedad y como especie que aspiraba a mantenerse vivita y coleando en este planeta que asumiéramos de una vez por todas un cierto respeto por lo más elevado q...

Para Pili, mi pequeña pianista

Pili se sienta, callada, ante el piano que todo lo absorbe. Toca, acaricia, amartillea, y el piano todo lo absorbe. Pili se sienta, callada, la música también con sangre entra. Golpea, apreta, tensa, y el piano nunca se queja. Pili piensa, en silencio, que quizá no desea tocar, que algo impropio le hace mover los dedos, esos dedos finos que saben volar. Schubert le ha hablado cientos de veces, y Mozart, y Bach. Todos ellos le han contado como brilla la luna sobre el lago de Como, o de qué color son las hojas que caen al suelo en el otoño lluvioso de la Selva Negra. Y ella los ha escuchado con ardorosa impaciencia, con pasión impenitente, volcada en las notas que los maestros del pasado han escrito para ella y sus dedos perfectos. A cambio de contarle esas hermosas historias, los compositores le han exigido disciplina, paciencia, trabajo, humildad ante el teclado y sacrificio, montañas de sacrificio. Ella aceptó éstas y otras contrapartidas, y se vio a sí misma coronada por la belleza ...